Desde la década de los ochenta, el complejo escenario derivado de las distintas guerras que han tenido lugar en Irak afecta de una manera clara y directa a la sociedad, la educación y la arquitectura del país. A pesar de la violencia generalizada, los asesinatos, los secuestros, los saqueos o las restricciones de luz, la actividad continúa en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Bagdad, una institución pública y laica donde conviven y trabajan cristianos, musulmanes, chiítas y suníes. Aunque las circunstancias adversas han empujado al exilio a muchos profesores (amenazados y en algún caso incluso asesinados), desde la Facultad se anima a los estudiantes graduados a continuar su formación a través de estudios de posgrado, una elección que, además, los exime automáticamente de servir al ejército.
Charlas, encuentros, entrevistas entre personas del mundo cultural y académico y otras actividades sirven para mantener este clima de convivencia y una actitud constructiva que apuesta por la recuperación autosuficiente de la ciudad. Convertida en un remanso de paz, la Facultad de Arquitectura plantea su actividad desde un punto de vista crítico invitando a los estudiantes a intervenir en el mantenimiento del tejido urbano amenazado por el Plan del Nuevo Bagdad, actualmente en manos de las constructoras norteamericanas. Esta forma de trabajar ya se ha traducido en varios éxitos, como, por ejemplo, la documentación del barrio de Adhamyiah.
A partir del año 2003, punto álgido de la escalada de violencia y momento en que la destrucción de la ciudad aumentó drásticamente, cada estudiante de la Facultad se hizo cargo de algún edificio histórico. Para evitar los riesgos de las calles (fuegos cruzados, explosiones, derrumbamientos, etc.) se recomendaba que, en los momentos más hostiles, se trabajara documentalmente. Estas tareas de documentación, especialmente de los edificios más emblemáticos (como los cafés o las bibliotecas más representativos), han resultado ser clave si tenemos en cuenta que gran parte del centro de Bagdad está siendo devastado.
Organizados en varios grupos de trabajo, profesores y estudiantes llevan a cabo encargos, generalmente de la propia Administración, para la reconstrucción de Bagdad y de otras zonas de Irak. Los profesores, que mantienen sus salarios como funcionarios, comparten todos los beneficios de estos «grupos de trabajo universitarios» con los estudiantes, facilitándoles la manutención de sus familias (que dependen casi íntegramente de sus ingresos) y los costes de su carrera. Actualmente, el 70 % de los estudiantes trabajan en instituciones públicas y privadas como consultores, participando activamente en la reconstrucción del país.
Esta resistencia de la Facultad de Arquitectura representa la preservación de un pasado que forma parte de la memoria colectiva y, por lo tanto, de la gran mayoría de iraquíes. Convertidos en actores cada vez más importantes, los miembros del mundo académico tienen un creciente impacto en los medios de comunicación. Desde este reconocimiento, personas estrechamente relacionadas con la Universidad, como la profesora Ghada Al Siliq, hacen uso de su poder decisorio para defender un Bagdad respetuoso con su urbanismo y, sobre todo, con su historia.